Desde la pandemia, la mamá de Iñaki (11) y Mía (7) adoptó un horario más de “oficina”, en el que apoya en el servicio de almuerzo de Ambrosía, sus restaurant que por 10 años protagonizó los 50 Best de Latinoamérica, hasta su exclusión de la lista en 2024..
— Exigía mucho lobby y relaciones públicas. Hay gente que trae cocineros de afuera, les paga alojamiento, el vuelo, los invita a comer, les consigue otros restaurantes. Es un trabajo aparte. Y ya sufrí las consecuencias de dedicarme demasiado: escribir un libro, abrir Madeira en Londres, abrir otro en Monticello, además de los Ambrosía. Me salió caro a nivel familiar, no veía a mis hijos, me separé entre medio. Así que ahora estoy más tranquila, con mis niños de prioridad.
– La maternidad influyó entonces en esta decisión de bajarle un cambio.
– Cuando fui mamá de Iñaki (su hijo mayor), hace 11 años, estábamos en pleno apogeo del restaurant, con muchas invitaciones para ir a cocinar fuera de Chile. Íbamos con la Rosario (Onetto, sommelier, socia y ex-pareja) e Iñaki, que al año ya conocía ocho países. Pero después entró al jardín, empezó a tener una rutina, y en ese momento decidimos ser más selectivas, o que fuera yo sola. Con el tiempo empecé a tomarle el peso y pensar que quizás no valía tanto la pena, a pesar del aprendizaje. Y fui optando por quedarme en la casa, aunque me diera menos visibilidad.
— ¿Cómo se expresa eso en el restaurant?
— Con un mayor énfasis en el cliente que viene día a día, en vez de procurar estar tanto en el mapa del turista. Es una decisión difícil desde la ambición internacional, pero puede favorecer una vida un poco más tranquila.
— Elegir es renunciar.
— Sí, por ejemplo, muchas veces los garzones me dicen que los clientes preguntan por mí, que me quieren ver en el restaurant. Y mi respuesta siempre es que mis hijos también me quieren ver. He optado por tener un horario más normal, como de oficina, en el que trabajo más al almuerzo. Y espero que el restaurante funcione bien en mi ausencia, porque yo no puedo vivir en la cocina, aunque me encantaría, pero tengo una vida aparte.
– Primero abrieron el Ambrosía, que tenía solo el servicio de noche, y después el Bistró (hoy día en el MUT), en el que incluyeron los almuerzos.
– Claro, yo trabajaba al mediodía, me iba para la casa un rato y después volvía en la noche al restaurante. Entonces me perdía eso de acostar a la guagua en la noche, leerle un cuento, bañarla, que son cosas súper ricas de hacer.
– ¿Cuál es la diferencia con los cocineros hombres en el equilibrio entre visibilidad internacional y gestión familiar?
– Hay muchos que siguen con un ritmo muy intenso de viajes, posicionando su restaurant afuera, pero a costa de ver menos a sus hijos y familia. Vivimos en un mundo machista en que nos han inculcado que el hombre trabaja y la mujer se queda cuidando a la familia.
– ¿Es una desventaja?
– En todas las carreras que tienen horarios complicados es una desventaja. Hoy en día hay muchos hombres que comparten la responsabilidad de criar a los hijos, de estar con ellos en la casa, cuidarlos, educarlos, bañarlos, darles de comer. Pero todavía es una responsabilidad que cargan mayoritariamente las mujeres, y por eso siempre hay más hombres en la alta gastronomía. Porque una tiene que hacer una pausa, como en el tenis. Las mujeres, si quieren ser mamás, tienen que parar durante el embarazo y post natal, y después volver a entrenar para recuperar el nivel. O sea, son por lo menos dos años fuera de las pistas.