Claudio Úbeda, chef y propietario de Prístino: “En Chile somos flojos y mostramos solo la cocina de la zona central”

12 • Mayo

En su restaurant en El Coihue con Alonso de Córdova, el cocinero nacional reivindica la despensa del territorio y deconstruye platos tradicionales, normalmente asociados con rusticidad y abundancia, a formatos de autor basados en la calidad y estacionalidad de la materia prima.


El pastel de choclo en Prístino no es un pastel de choclo. O bueno sí. Depende.

Para empezar, no viene burbujeando en una paila de greda del tamaño de un bowl de ensalada. Tampoco trae la mezcla de pino de carne, pollo, huevo duro y aceitunas cubierta por un puré de choclo dorado. 

En cambio, es un flat iron que cocinan en horno Josper, a carbón, acompañado por humita en olla (y no en hoja), con un aire de albahaca y tomates confitados. “Es otro formato, pero el sabor de todo junto es el de un pastel de choclo con ensalada chilena”, explica Claudio Úbeda, chef del restaurant en la calle El Coihue, que administra junto a su esposa, la también cocinera Paula Meléndez. 

A Úbeda le gusta describir su propuesta como una de “memoria emotiva”, que apela a la nostalgia, a ese efecto Ratatouille de probar un plato que puede parecer algo poco familiar, pero que recuerda a casa. 

— Es raro decir que somos cocina chilena, porque normalmente se asocia a los porotos granados, la empanada de pino, la cazuela de pava. Y nosotros, si bien podemos tener ese tipo de platos, los hacemos en una versión propia, de autor. La idea es acercar esos sabores clásicos al público de los alrededores de Alonso de Córdova.

– ¿Es una deconstrucción?

– En el fondo, sí, yo creo que sí. Por ejemplo, nuestro mote con huesillo no va en vaso, sino que en plato. Lleva mote crujiente, gel de huesillo, jalea de huesillos al pisco y galleta de mote. Y claro, no falta el cliente que nos dice, oye, estos motes están duros, y no, no están duros, sino que intencionalmente confitados.

La cruzada de Úbeda por visibilizar la cocina chilena en contextos más sofisticados tiene larga vigencia. Por 12 años fue el chef ejecutivo de los hoteles Cumbres y estuvo a cargo de idear y abrir sus tres restaurantes. 

Después tuvo la concesión del comedor del hotel Wyndham Pettra, en La Dehesa, con su proyecto Malakita, de espíritu similar a Prístino, abierto hace nueve meses. En su sala y terraza solo suena música chilena, en las cavas solo hay vinos nacionales y los productos son siempre locales.

— La comida chilena, sobre todo la criolla, de campo, muchas veces se estigmatiza como demasiado abundante, casi grosera.

— Claro, suele ser muy rústica. Acá la queremos adaptar, cambiar la presentación, usar técnicas y maquinarias modernas, más cercanas a la alta cocina. Pero igual tratamos de que no se note tanto, porque no queremos que pierda la esencia de una cocina de casa.

En la carta hay filete a lo pobre, con la carne cocinada a Ia leña, papas fritas rústicas, cebolla caramelizada y huevos de codorniz; también croquetas de prieta con manzana en emulsión de ajo negro y tomates confitados; y pierna de pato con puré de manzana a la naranja, con vegetales confitados en la misma grasa del ave. 

No son tantos los negocios que, como Prístino, le den este giro a la cocina de campo tradicional en un estilo vanguardista. Últimamente, en cambio, el mar ha tomado ese rol, pasando a ser el gran estandarte nacional, sobre todo en los conceptos de mayor gama. 

– Yo creo que ha sido así por temas de moda, los 50 Best y un montón de instancias que se han dado para mostrarlo. Los cocineros, de repente, cuando pensamos en productos, pensamos mucho en el mar, por los miles de kilómetros de costa que tenemos. Pero así como tenemos costas, también tenemos campos con un montón de productos. Las carnes de caza, las trufas, los hongos: los changles, los gargales, el chicharrón de monte, los morcella. Todos salen en otoño e invierno, una época que es más pobre en frutas y verduras frescas.

– ¿La cocina criolla también puede ser esencialmente de producto?

– Sí, es que lo es. Basta con que nosotros lo entendamos. El chacarero, por ejemplo, es más rico en verano, por razones obvias: están los buenos tomates y los porotos verdes. Hay que estar conectados con la estacionalidad, ser creativos con lo que hay.

– Pero en la carta también hay platos de mar. 

– Claro, es que la mixtura con el valle habla muy bien de nosotros. Por ejemplo, tenemos una ensalada de porotos granados, que servimos caliente con camarón nailon, una emulsión de tomate asado y merluza austral a la mantequilla. Con platos así, te das cuenta que el 99,9% está determinado por el producto de buena calidad. El resto es paja molida. 

– ¿Qué falta para que se valore más la cocina chilena? 

– Que nos alineemos todos los cocineros. Tomar el ejemplo de Perú, que logró posicionar su marca país, con esa P en espiral por todos lados. Antes teníamos las estrellitas de Chile, cuando Prochile salía al mundo y mostraba todo el tiempo nuestra cocina. Pero después nos fuimos desinflando.

– En Perú han sabido dar a conocer la diversidad de sus cocinas, regiones y productos. Está la criolla, nikkei, chifa, amazónica, altiplánica…

– Yo creo que en Chile somos flojos y mostramos solo la cocina de la zona central. Nos olvidamos de que en el norte hay una cultura muy distinta pero igualmente nuestra. Lo mismo con el sur. Yo pongo como ejemplo el curanto: también hay versiones en el norte y Rapa Nui. Es la misma forma de cocinar, con piedra caliente, en un hoyo. Pero el que ha predominado es el chilote. Como que vamos regionalizando, según lo que se pone de moda o se identifica inicialmente.

– ¿Se enseña cocina nacional en las escuelas de gastronomía? 

– Antiguamente no. Pero ahora yo creo que sí. Como que los profesores se esmeran en mostrar este concepto más moderno, de sustentarse en lo tradicional pero tener creatividad, como vemos en algunos bistrós que han surgido en la ciudad, de cocineros jóvenes. 

¿Su clientela es más chilena o extranjera? 

– Yo diría que es mucho más local. Por un lado me encantaría llenarme de gringos, pero al mismo tiempo siento que no entienden tanto nuestra cocina. Para ellos es más fácil ir a un japonés a probar productos de mar, la trufa o el foie gras en un formato conocido. 

– Es mucho más fácil encontrar un ceviche peruano que uno al estilo chileno, por ejemplo. 

— Sí, de hecho, yo tengo un ceviche de caleta, como el que comían los pescadores en el bote. Lleva el pescado raspado con un tenedor, casi como un tártaro, además de jugo de limón, cebolla, ají verde, comino y orégano. El dueño de Casa Las Cujas viene a comerlo. Es loco, yo le digo, “pero ¿cómo?”. Y él me responde que el suyo es distinto, que el de acá es el que ha comido siempre, desde niño. Ese que las mamás metían dentro del refrigerador toda la noche con el limón, para que supuestamente se cocinara.