Debido al espíritu aventurero del comidista y la valorización por parte de los chefs, ingredientes como piures y picorocos se han movido desde el rústico patache marino a los distinguidos platos de restaurantes refinados
El comensal chileno ha pasado en los últimos años de ser niño a adulto en su relación con la comida de mar. Hasta hace poco, los sabores claramente marinos se evitaban e incluso rechazaban con cara de espanto.
Lo habitual era quedarse en el confort de la reineta a la plancha con mucha mantequilla; el congrio frito con papas fritas; las machas a la parmesana con bechamel, vino blanco y queso; los locos mayo con harta mayo; y chupe de jaiba con pan rallado y –de nuevo– queso.
Aunque estos platos –y tantos otros del estilo– siguen vigentes como emblemas de la cocina tradicional, también se ha gestado una creciente devoción por productos con la menor intervención posible, que pasaron de ser afrodisíacos de pescadores cansados a ingredientes selectos de la cocina de nivel.
“Tenemos los mejores erizos del mundo”, asegura Marcos Baeza, chef de Fukasawa y viajero con conocimiento de causa, quien también alaba la espectacularidad de los piures y picorocos, ambos endémicos.
Y es que estos ingredientes se pueden degustar en cada vez más restaurantes de alta gama de la capital, a 100 kilómetros del mar, que diariamente reciben insumos de la larga costa fría que algunos cocineros han convertido en la vitrina de la gastronomía chilena.
Al menos así lo ha demostrado la última celebración de los 50 Best Latinoamérica, que dentro de los nueve galardonados locales ha incluido a cuatro que basan su propuesta en nuestro mar.
Otro de los premiados, Boragó, ha sido precursor de la incorporación de ingredientes como la frutilla de mar y los mencionados piures. Yum Cha, por su lado, ha apostado por un menú de tiempos inspirado en la cocina china con proteínas exclusivamente marinas; mientras que Casa Las Cujas ha desarrollado un comedor playero con algunos giros creativos.
Más allá de los válidos cuestionamientos al mediático ranking, por el excesivo lobby que implica, es innegable que cumple con ilustrar las tendencias que la llevan en el mundillo de la alta gastronomía.
Una de estas es la penetración de la filosofía japonesa, esa que entiende la cocina como una expresión del territorio, basada en el respeto de la calidad intrínseca de lo que entrega –en este caso– el mar.
Con la inauguración de La Calma en 2017, Gabriel Layera –quien ya no es su propietario– fue el impulsor de esta manera de presentar la costa nacional, sin mayores influencias de cocinas extranjeras. Según él, la diferenciación depende de la curatoría en la selección de las materias primas.
El cocinero explica que la abundancia del mar chileno se debe a las aguas frías y las algas que alimentan a los moluscos y crustáceos filtradores, lo que genera un equilibrio idóneo y algunos “hotspots” en la disponibilidad de ciertos productos.